EL FESTIN DE BABETTE de Isak Dinesen

Isak Dinesen(1.865-1.962) escritora danesa de origen aristocrático. Se casó con su primo y en Kenia se dedicaron al cultivo del café. La pareja se divorcia en 1.925 y ella se queda a cargo de la plantación hasta la caida de precios de 1.931 que la obligó a venderla y regresar a Dinamarca y es entonces cuando comienza su carrera literaria bajo diversos seudónimos, el más conocido es el de Isak Dinesen con el que publicó una serie de apuntes autobiográficos sobre su vida en Africa. Entre sus obras están “Memorias de Africa” y “cuentos de invierno”.

EL FESTIN DE BABETTE

 

 

I. DOS DAMAS DE BERLEVAAG

       En Noruega hay un fiordo-o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas-llamado Bervelaag. Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berbelaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.
Hace setenta y cinco años, vivían dos damas en una de las casas amarillas. En aquel entonces las señoras llevaban polisón, y estas dos hermanas podían haberlo llevado con tanta gracia como cualquier otra, ya que eran altas y esbeltas. Pero jamás poseyeron ningún artículo de moda; toda la vida vistieron solemnemente de gris o de negro. Fueron bautizadas Martine y Philippa por Martin Lutero y Philip Melachon. El padre había sido deán y profeta, fundador de un piadoso grupo o secta religiosa que fue conocida y considerada en todo el país de Noruega. Sus miembros renunciaban a los placeres de este mundo, ya que para ellos la tierra y cuanto contenía no era sino una especie de ilusión, mientras que la verdadera realidad estaba en la Nueva Jerusalén, por la que suspiraban. No juraban en absoluto, sino que su comunicación era sí sí y no no, y se trataban entre ellos de Hermanos y Hermanas.
El deán se había casado tardíamente y había muerto ya. De año en año, sus discípulos se volvían más escasos, más canosos o calvos, y más duros de oído; incluso se volvían quejumbrosos y enojadizos, de modo que llegaban a producirse pequeños cismas en la congregación. Pero aún seguían reuniéndose para leer e interpretar la palabra divina. Todos conocían a las hijas del déan desde pequeñas; incluso ahora seguían siendo muy pequeñas para ellos, y queridas a causa del padre. Notaban que, en la casa amarilla, el espíritu del Maestro estaba con ellos; aquí se sentían a gusto y en paz.
Estas dos damas tenían una criada francesa, Babbette. Resultaba extraño en un par de puritanas de un pueblecito noruego; el hecho parecía incluso requerir una explicación. La gente de Berlevaag encontraba esa explicación en la piedad y bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo deán consagraban su tiempo y sus pequeños ingresos a obras de caridad; ningún ser afligido o desventurado llamaba en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflición.
Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos.

II. EL AMOR DE MARTINE

 

De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas. Jamás se las vio en bailes y fiestas; pero la gense te volvía a mirarlas cuando pasaban por la calle, y los chicos de Berlevaag iban a la iglesia a verlas deambular por la nave. La más joven tenía también una voz preciosa con la que, los domingos, llenaba la iglesia de dulzura. Para la congregación del deán el amor terreno, y con él el matrimonio, era asunto trivial, mera ilusión; sin embargo, es posible que más de uno de aquellos Hermanos mayores apreciase a las jóvenes hermanas mucho más que a los rubíes, y se lo hubiese sugerido así a su padre. Pero el deán había declarado que lo que atañía a su vocación, sus hijas eran para él como la mano derecha y la mano izquierda. ¡Quién querría privarle de ellas?. Y así, las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo.
Sin embargo, turbaron el corazón de dos caballeros que pertenecían al mundo exterior a Berlevaag.
Uno de ellos fue un joven oficial llamado Lorens Loewenhielm, que había llevado una vida alegre en la ciudad de su guarnición y había contraído deudas. En 1.854, cuando Martine contaba dieciocho años y Philippa diecisiete, el irritado padre de este joven mandó a su hijo a pasar un mes con su tía, en una vieja casa de campo de Fossum, próxima a Berlevaag, a fin de que tuviese tiempo para meditar y mejorar sus costumbres. Un día cogió el caballo, fue al pueblo, y vio a Martine en la plaza del mercado. B ajó la mirada hacia la preciosa joven y ella alzó los ojos hacia el apuesto jinete. Martine acabó de cruzar; y cuando hubo desaparecido, el joven Loewenhielm no supo si creer a sus porpios ojos.

           Existia una leyenda en la familia Loewenhielm según la cual, hacía mucho tiempo, un caballero de este apellido se había casado con una Huldre, espíritu femenino de las montañas de Noruega, tan hermoso que el aire de su alrededor tiembla y resplandece. Desde entonces, los miembros de la familia tenían de cuando en cuando destellos de clarividencia. Hasta ahora, el joven Lorens no habia notado ningún don espiritual particular en su propia naturaleza. Pero en este momento surgió ante sus ojos la visión súbita y poderosa de una vida más pura y superior, sin acreedores, cartas de apremio ni sermones paternos, sin secretos y desagradables remordimientos de conciencia, y con un ángel dulce y de cabellos dorados que le guiara y recompensase

          Por medio de su piadosa tía consiguió ser recibido en casa del deán y vio que, sin la cofia, Martine era más bella todavía. Siguó su esbelta figura con ojos adoradores, pero detestó y despreció la impresión que él mismo causaba en la proximidad de ella. Se sentía asombrado y estupefacto al comprobar que no era capaz de encontrar nada en absoluto que decir, ni inspiración alguna en el vaso de agua que tenía ante sí. “La Verdad y la Misericordia, queridos hermanos, se han abrazado”, dijo el deán. “La Rectitud y la Bienaventuranza se han besado”. Y el joven pensó en el momento en que él y Martine podrían abrazarse y besarse. Repitió su visita una y otra vez, y en cada una de ellas le parecía que se iba haciendo más pequeño, insignificante y despreciable.

        Cuando por la noche regresaba a casa de su tía, arrojaba sus brillantes botas de montar, de una patada, al fondo de la habitación, apoyaba la cabeza sobre la mesa y lloraba.

         El último día de su estancia hizo un último intento de confesarle a Martine sus sentimientos. Hasta entonces, le había sido fácil decirle a una bella que la amaba; pero ahora se le pegaban las tiernas palabras en la garganta cuando miraba el rostro de la joven. Tras despedirse de todos los demás, Martine le acompañó a la puerta con una vela en la mano. La luz brillaba en la boca de ella y proyectaba hacia arriba la sombra de sus largas pestañas. Estaba a punto de dejarla, preso de muda desesperación, cuando le cogio la mano, en el umbral, y se la llevó a los labios.

          -¡Me voy para siempre¡-exclamó-.¡Nunca más la volveré a ver! ¡Pues aqui he aprendido que el Destino es riguroso, y que en este mundo hay cosas que son imposibles!

         Cuando estuvo de nuevo en el pueblo de su guarnición, consideró concluida su aventura y comprobó que no le gustaba pensar en ella. Mientras los jóvenes oficiales hablaban de sus lances amorosos, él guardaba silencio sobre el suyo. Porque contemplaba desde la sala de oficiales, y através de los ojos de estos, por así decir, la aventura era lastimosa. ¿Como es posible que un teniente de húsares se hubiese dejado derrotar por un puñado de sectarios descontentos encerrados en una habitación sin alfombras de la casa de un viejo deán?.

            Y entonces sintió miedo; el pánico se apoderó de él. ¿Era la locura familiar, que aún prolongaba en él el sueño de una joven tan hermosa que hacía que el aire de su alrededor resplandeciese de pureza y de santidad?. No queria ser un soñador; quería ser como sus camaradas oficiales.

            Así que procuró serenarse, y con el esfuerzo más grande que había hecho en su joven vida, decidió olvidar lo que le había acontecido en Berlevaag. En lo sucesivo, decidió, miraría hacia delante, no hacia atrás. Se concentraría en su carrera, y quizá llefgara el día en que causase una espléndida impresión en un mundo brillante.

           Su madre se sintió gratamente sorprendida ante los resultados de su estancia en Fossum y escribió a la tía expresándole su agradecimiento. No sabía por qué extraños y sinuosos caminos había alcanzado a su hijo su concepto moral de felicidad.

            El joven y ambicioso oficial llamó muy pronto la atención de sus superiores e hizo progresos extraordinariamente rápidos. Fue enviado a Francia y a Rusia; y a su regreso se casó con una dama de honor de la reina Sophia. Se desenvolvía con gracia y donaire en estos círculos elevados, contento con su ambiente y consigo mismo. Y en el transcurso del tiempo sacó provecho incluso de las palabras y comentarios de la casa del deán que se le habían quedado en la memoria, ya que la devoción estaba de moda ahora en la corte.

               En la casa amarilla de Berlevaag, Philippa sacaba a relucir el tema del joven apuesto y callado que tan súbitamente habia hecho su aparición y tan súbitamente había vuelto a desaparecer. La hermana mayor le contestaba entonces dulcemente, con semblante sosegado y sereno, y encontraba otras cosas de qué hablar.

 

III. EL AMOR DE PHILIPA.

 

             Un año más tarde llegó a Berlevaag una persona aún más distinguida que el teniente Loewenhielm.

             El gran cantante Achille Papin, de París, había cantado durante una semana en el Royal Opera de Estocolmo, y había entusiasmado a su auditorio igual que en todas partes. Una noche, una dama de la corte, imaginando una aventura con el artista, le había descrito el paisaje grandioso y agreste de Noruega. Su naturaleza romántica se conmovió con el relato, y a su regreso a Francia había querido pasar por la costa de Noruega. Pero se sintió pequeño ante los sublimes escenarios naturales, y como no tenía con quién hablar, se sumió en una melancolía que le hacía verse a si mismo como un viejo,al final de su carrera, hasta un domingo, no ocurriendosele otra cosa que hacer, entró en la iglesia y oyó cantar a Phippa.

           Entonces, en un instante, se dio cuenta de todo y lo comprendió. Porque aqui estaban las cumbres nevadas, las flores silvestres y las blancas noches nórdicas, traducidas a su propio lenguaje de la música y traídas para él en la voz de un joven. Igual que Lorens Loewenhielm, tuvo una visión.

         ¡”Dios todo poderoso¡”, pensó. “Tu poder es ilimitado, y Tu piedad llega a las nubes. Aquí hay una prima donna de la ópera que pondrá París a sus pies.

           Achile Papin era por entonces un hombre apuesto de cuarenta años, con el cabello negro y ondulado, y una boca roja. La idolatría de las naciones no le había estropeado; era una persona bondadosa y honesta consigo misma.

            Fue directamente a la casa amarilla, dio su nombre -cosa que al deán no le dijo nada- y explicó que había venido a Berlevaag por motivos de salud, y que durante ese tiempo le encantaría tomar a la joven señorita como discípula.

           No mencionó la Ópera de París, pero describió con todo detalle cuán maravillosamente podría la señorita Philippa cantar en la Iglesia, para gloria de Dios.

           Por un momento se olvidó de sí mismo; pues cuando el deán le preguntó si era católico romano, se puso un poco pálido. No obstante el deán se sintió complacido de poder hablar en francés, ya que le recordaba sus tiempos jóvenes en las que estudiaba las obras del gran escritor luterano francés, Lefévre d´Etaples. Y como nadie podía resistirse a Achille Papin cuando ponía su empeño en una cosa, al final el padre dio su consentimiento, y le comentó a su hija: “Los senderos de Dios recorren los mares y las montañas nevadas, donde el ojo del hombre no puede descubrir rastro alguno.”

            Así que el gran cantante francés y la joven noruega se pusieron a trabajar. Las esperanzas de Achille se convirtieron en certidumbre y su certidumbre en éxtasis. Pensó: “Me equivocaba al creer que estaba envejeciendo. ¡Aún tengo ante mí nuevos triunfos! ¡El mundo creerá una vez más en los milagros juntos ella y yo!”.

            Un rato después, no pudo guardarse para sí sus sueños y se los contó a Philippa.

             Ella, dijo, se elevaría como una estrecha por encima de todas las divas del pasado y del presente. El emperador y la emperatriz, los príncipes, las grandes damas y los bels sprits de París la escucharían con lágrimas de emoción. El pueblo llano la adoraría también, y ella llevaría consuelo y fortaleza a los oprimidos. Cuando saliese del Grand Opera del abrazo de su maestro, la multitud desengancharía los caballos de su coche, y ella misma la llevaría al Café Anglais , donde la aguardaría una espléndida cena.

           Philippa no repitió estas esperanzas a su padre ni a su hermana, y esta fue la primera vez en su vida que tuvo un secreto para ellos.

           El profesor dio luego a su discípula el papel de Zerlina dela Ópera de Mozart Don giovanni, a fin de que lo estudiase. Él mismo, como había cantado Achile Papin como lo hacía ahora. En el dúo del segundo acto-llamado dúo de la seducción- sintió que le elevaban del suelo la música celestial y las voces celestiales. Cuando acabó de apagarse la íltima nota, cogió las manos de Philippa, la atrajo hacia sí y la beso solenmemente, como el esposo podría besar a la esposa ante el altar. Luego la dejó ir. Porque el instante era demasiado sublime para que ninguno de los dos dijese una palabra o hiciese un movimiento; el propio de Mozart les contemplaba a los dos desde lo alto.

            Philippa regresó a casa, le dijo a su padre que no quería dar más lecciones y le pidió que le escribiese a monsieur Papin comunicándoselo así.

            El deán dijo:                                             

            -Los senderos de Dios cruzan también los ríos, hija mía.

            Cuando Achille recibió la carta del deán, se quedó inmóvil, sentado, durante una hora. Pensó: “me he equivocado. Mis días han terminado. Nunca más seré el divino Papin. ¡Y este pobre jardín plagado de malas yerbas ha perdido a su ruiseñor!”.

             Poco después, pensó: “No sé qué le pasará a esa lagarta; ¿la llegué a besar por casualidad?”.

              Al final pensó: “¡He perdido mi vida por un beso, y no recuerdo en absoluto haberla besada! ¡Don Giovanni besó a Zerlina, y es Achille Papin quien lo paga!¡Este es el destino de los artistas!”.

              En casa del deán, Martine percibía que el asunto era más hondo de lo que parecía y escrutaba la cara de su hermana. Por un momento, temblando ligeramente, imaginó también que el caballero católico romano pudo haber tratado de besar a Philippa. No imaginaba que quizá su hermana se había sorprendido y asustado por algo propio de su naturaleza.

            Achille Papin tomó el primer barco que salía de Berlevaag.

            Las dos hermanas hablaron poco de este visitante del gran mundo; carecian de palabras con las que hablar de él.

 

               IV. UNA CARTA DE PARÍS

Quince años más tarde, una lluviosa noche de junio de 1.871, la cuerda de la campanilla de la puerta recibió tres tirones violentos. Las dueñas de la casa abrieron a una mujer voluminosa, morena, mortalmente pálida, con un lío en el brazo, la cual se les quedó mirando, dió un paso y se desplomó en el umbral presa de un mortal desmayo. Cuando las asustadas damas consiguieron que volviera en si, y se hubo incorporado, les lanzó una mirada con sus ojos hundidos, y sin decir una sola palabra, hurgó en sus ropas mojadas, extrajo una carta y se la tendió.

      La carta iba dirigida a las dos, pero estaba escrita en francés. La dos hermanas juntaron sus cabezas y la leyeron. Rezaba así:………

Anuncios